ROMÁNICO

El s. XI fue un periodo de esplendor para los monasterios, aunque no ha podido documentarse en el caso de San Pedro de Cardeña, a mediados de esa centuria, el centro religioso estuvo inmerso en el proyecto constructivo de la torre y el claustro.

La torre está situada al sur de la cabecera de la iglesia gótica, de planta cuadrangular y unos 27 metros de altura. Consta de seis cuerpos; no todos de la misma época y solo los dos superiores aparecen exentos, ya que el resto fueron invadidos por distintas partes del templo. Los dos niveles inferiores presentan vanos en aspillera; en el tercero se abren ventanas con arcos y arquivoltas de medio punto sobre columnas de fuste liso; en el cuarto, las ventanas son geminadas, también con arcos y arquivoltas de medio punto y columna central de fuste liso y monolítico; en el penúltimo cuerpo se sitúa un vano geminado, y el campanario presenta vanos en sus cuatro lados. Estas aberturas son visibles en todos los niveles de la torre en su cara sur y están ocultas parcialmente por distintos elementos constructivos del templo en el resto de los lados.

Excepto en la última altura, levantada tras la construcción del templo gótico, la fábrica de la torre corresponde al periodo del románico, aunque se perciben elementos en cuya adscripción no existe unanimidad. Entre los numerosos estudios realizados, los de mayor aceptación han sido los desarrollados por el profesor José Luis Senra, quien apunta a una fábrica inicial, de mediados del s. XI, con cuatro cuerpos y unos 21 metros de altura, y a la elevación posterior, en la segunda mitad de la siguiente centuria. Otra tesis, del profesor Palomero[1], considera que los tres niveles inferiores podrían datar de finales del s. X, a los que se superpondría un cuarto cuerpo a mediados del s. XI y un quinto en la primera mitad del XII.

Senra realizó un estudio detallado de los capiteles del tercer y cuarto cuerpo de la torre, en los que se observan dos modelos distintos: cesta troncocónica y troncopiramidal invertida. Su decoración sí responde a los mismos presupuestos y está más próxima a las experiencias prerrománicas que románicas. Presentan una técnica y plástica toscas, a bisel, con motivos geométricos (espirales, triángulos contrapuestos, líneas cruzadas), vegetales (pilas y palmetas) y figuras (aves y rostros). Sobre ellos, destacan ábacos con superficies de pequeñas celdas cuadradas; además de collarinos sogueados en el cuarto nivel.

Parece probable que el templo anterior al gótico tuviese tres naves, ya que se mantuvieron las advocaciones de los ábsides colaterales de la iglesia original: el del evangelio dedicado a Nuestra Señora y el de la epístola a San Benito. También es probable que existiese un pórtico en el frente occidental, tal y como se desprende del estudio de los usos funerarios.

La primera referencia sobre la realización de una intervención constructiva en Cardeña remite a pocas décadas después de la fecha atribuida a la construcción de la parte principal de la torre, de mediados del siglo XI. Se trata del refectorio, costeado por el noble Pedro de Uzquiza, según Fr. Lope de Frías y Fr. Juan de la Torre, y ejecutado dentro del abadiato de don Pedro, antes de 1088, cuando fue nombrado obispo de Compostela. No se conocen ni su ubicación ni sus características, aunque si se siguió la tradicional disposición de los refectorios monásticos, en la panda contraria al templo, pudo situarse al norte y estar asociado a la gran nave de la bodega subterránea que recorre toda esta zona.

El monasterio fue entregado en el s. XII al entonces abad de Cluny, Pedro el Venerable. A ese periodo de cambios corresponde, tal como ha demostrado José Luis Senra, la crujía más antigua del claustro, también conocida como de los mártires, así como la Sala Capitular. Pese a las numerosas reformas a las que fue sometido a lo largo del tiempo, el claustro mantiene algunos elementos de la fábrica románica, como ocurre en el muro sur de la crujía meridional y parcialmente en el norte de la panda del refectorio con orientación septentrional, construidos con sillería de cierta regularidad.

El ala sur del claustro, asociada tradicionalmente al lugar de enterramiento de los doscientos mártires de Cardeña, consta de 13 arquerías de medio punto con alternancia de dovelas de caliza blanca y arenisca roja, que  descansan en columnas monolíticas con capiteles mayoritariamente corintios. Tras distintas hipótesis, es de nuevo el profesor Senra quien contribuye a datar su construcción a mediados del s. XII, concretamente en la época en que Cardeña fue priorato de Cluny, entre 1142 y 1145. La diferencia respecto a los claustros castellano-leoneses, que presentan arquerías sobre columnas pareadas, convierte esta parte del recinto en una excepción en su ámbito geográfico.

La influencia cluniacense se percibe especialmente en los capiteles. A excepción de cuatro sustituidos en la reforma gótica, son semejantes a los de casas románicas de la villa de Cluny, los de la galería del palacio episcopal de Auxerre y los de la cabecera de la basílica de Paray-le-Monial, edificios relacionados con el llamado claustro de Cluny III y con una cronología del primer tercio del siglo XII. Responden al modelo clásico "corinizante", muy habitual en el mundo borgoñón y más en concreto cluniacense, aunque con un menor tratamiento plástico. A ello se une la alternancia cromática de las dovelas, similar a la de la antigua abadía borgoña de Vézelay.

Posiblemente, cuando se construyó la galería claustral se instalaría también la Fuente de los Mártires, que responde a un modelo muy sencillo de fuente románica, con arco de medio punto y el venero a nivel inferior del piso de la claustra, con varios escalones laterales.

Algunos estudiosos consideran que la intervención de los talleres borgoñones quedó interrumpida con la marcha de los cluniacenses de Cardeña, como demostraría la presencia de piezas reaprovechadas en el quinto nivel de la torre, elevado en la segunda mitad del s. XII. No resulta fácil determinar hasta qué punto había avanzado, en ese momento, la obra en la panda de levante, presidida por la Sala Capitular. Sí se había habilitado el acceso a esta dependencia, con una puerta central de arco apuntado, que descansa en columnas monolíticas de fuste liso y capiteles de hojas, volutas y lazos y cimácios ajedrezados o de entrelazos, y que está flanqueado por dos ventanales gemelos.

En el machón sur de la entrada a la Sala Capitular aparece una inscripción que señala el lugar de enterramiento de alguien que "dirigió" la casa, llamado "Michael" e identificado por Menéndez Pidal como el abad Miguel II, fallecido en 1207[2]. Aunque la leyenda funeraria responde a las características propias de la segunda mitad del s. XII, no resulta suficiente para determinar la cronología del acceso al Capítulo, ya que es habitual que los epitafios se inserten en los muros con posterioridad.

La Sala Capitular es de planta cuadrangular y su aspecto actual es fruto de un drástico proceso de restauración que ha recreado una cubierta y los nervios. En la etapa posterior a la presencia cluniacense, ya en tiempo del gótico, se colocaron en cada ángulo grupos de tres columnas, de fuste y capitel cilíndricos y con detalles vegetales, lo que ha hecho pensar que se pretendía construir una bóveda. La ubicación de esos soportes en zonas de paramento muy rehechas en la restauración, lleva a pensar que pudieron ser reaprovechadas. Lo más probable, según la hipótesis apuntada por arquitectos que han intervenido en su restauración, es que tuviese techumbre de madera, algo frecuente en este tipo de estancias.

Con el regreso de la comunidad cardeniense se acometieron otras obras en el conjunto, entre ellas las de la elevación de la torre con su quinto cuerpo, en la segunda mitad del s. XII. A partir de 1189 con el abad Martín de Tamara, el rey Alonso VIII concedió al monasterio el aprovisionamiento de madera[3], al disponer que los vecinos llevaran a la abadía vino y madera, aunque no ha podido determinarse si esta iba destinada a la construcción. Según Boto Varela, pudo erigirse un refectorio en la crujía septentrional, pues se considera que el muro de esta zona corresponde al siglo XII o al XIII. Éste sustituyó al costeado por Pedro Uzquiza, aunque no se puede asegurar que este comedor tuviese el mismo emplazamiento.

Se desconoce si, en esa época, el perímetro claustral estaba completamente cerrado y definido. Pero sí se puede afirmar que en el ángulo noroeste se debía situar una hospedería, convertida posteriormente en palacios cidianos. La existencia de un espacio residencial destinado a atender a los huéspedes, está muy presente en la regla de San Benito, que reguló los cuidados a peregrinos y pobres, a reyes y otros personajes importantes, y a quienes esperaban ingresar en el noviciado. El cardenal Rainerio, en tiempos de Alfonso VI, después de la creación de la sede episcopal burgalesa en 1075, llamó la atención sobre las deplorables condiciones en las que se encontraba la hospitalidad del monasterio.

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